En el universo de los lácteos, el queso cottage ha encontrado un lugar privilegiado gracias a su versatilidad y perfil nutricional. Con su textura grumosa y su sabor suave, este queso fresco ha pasado de ser un producto clásico en las mesas europeas a convertirse en un básico para quienes buscan equilibrio entre salud y placer gastronómico.
El U.S. Department of Agriculture (USDA) lo describe como una excelente fuente de proteína de alta calidad: por cada 100 gramos, aporta alrededor de 12 gramos de este nutriente esencial para la reparación de tejidos y la energía diaria.
A diferencia de otros quesos, su contenido graso es mínimo apenas entre 1% y 4% y su aporte calórico ronda las 80 calorías por cada porción de 100 gramos, lo que lo vuelve un aliado perfecto en dietas de control de peso.
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Además de proteína, el queso cottage es rico en micronutrientes como calcio, fósforo, potasio y magnesio, indispensables para la salud ósea y muscular.
Según la Harvard T.H. Chan School of Public Health, la caseína presente en este lácteo lo convierte en una proteína de absorción lenta, capaz de mantener la saciedad durante varias horas. Este efecto explica por qué es tan valorado en planes de pérdida de peso y también en rutinas de deportistas que buscan mejorar su recuperación muscular.
Su historia, sin embargo, es tan interesante como su perfil nutricional. Originario de la tradición campesina en Inglaterra, su nombre proviene de las pequeñas “cottages” o casas rurales donde se elaboraba de forma artesanal con la leche sobrante de la ordeña. Hoy, ese legado artesanal se ha transformado en una industria global, pero conserva la esencia de un alimento simple y nutritivo.
Ya sea como snack, acompañado de frutas frescas, sobre una tostada integral o en una ensalada ligera, el queso cottage confirma que lo saludable no está reñido con lo delicioso. Y que, a veces, los secretos más efectivos para el bienestar llevan siglos acompañando nuestras cocinas.